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Centre del Carme. Instituto Valenciano de
Arte Moderno. Octubre 1999 /enero 2000.
Itinerancia al Centro Cultural Conde Duque.
Madrid, febrero 2000.
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Europía, 1998. O/l. 130 x 195 cm.
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ARTE Y LITERATURA: EL CASO CHARRIS por Juan
Manuel Bonet
Angel Mateo Charris. Uno de los pintores más literarios que conozco, y a la vez uno de los pintores más pintores. Aparente paradoja, que no lo es. Lo mismo cabría decir de Giorgio de Chirico el faro máximo de cuantos en España llevan años declarándose neo-metafísicos, o, como en el caso que nos ocupa, "supercalifragimetafísicos"- y de su hermano Alberto Savinio. De Edward Hopper, hacia cuyos paisajes han peregrinado Gonzalo Sicre y él, algo que entre otras cosas ha traído consigo el comisariado de lujo de Gail Levin para la exposición que el presente catálogo documenta. Del nantés Pierre Roy. De Karel Teige, en su Praga. De Meret Oppenheim, en su bosque centroeuropeo. Por supuesto, de quien le ha enseñado a Charris el camino de la caja: Joseph Cornell, capaz de construirse, desde Utopia Parkway, una Europa mejor todavía que la verdadera. Entre nosotros, de ìrealistas mágicos como Alfonso Ponce de León, José María Ucelay o Urbano Lugrís. Más cerca del momento presente, del italiano Salvo, otro neometafísico a su manera. De Luc Tuymans, un pintor que profundiza en su belgitud, y que si fuera asturiano no les gustaría a no pocos de sus admiradores españoles. En los Estados Unidos, de Ed Ruscha, de Mark Tansey, y sobre todo de Alex Katz, el Hopper de este fin de siglo, al cual tuve el gusto de presentar a Charris, en la puerta del IVAM. |
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De arriba a abajo:
Andamiaje para una cabeza monumental, 1998.
130 x 195,
El almacén, 1999. 130 x 195.
Pinocho y Pinochet, 1999. 200 x 150 cm.
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El mundo de Angel Mateo Charris por Gail Levin
Cuando uno tropieza con la obra de Angel
Mateo Charris tarda poco en darse cuenta de hallarse ante un
universo no sólo original, sino realmente mágico,
tan particular a su manera como los creados por Miró,
Dalí, Chagall, de Chirico o Hopper. Al igual que estos
maestros modernos, Charris capta la humana idiosincrasia con
despiadada y penetrante mirada, haciendo que sus desprevenidos
espectadores entren y compartan esta su singular visión
del mundo.
Y en verdad desprevenidos se nos puede
llamar, porque a primera vista podríamos
quizá suponer que estamos contemplando pintura realista;
pero pronto empezamos a percibir excentricidades,
inconsistencias, contradicciones. Entre lo mucho de
reconocible, ciertos detalles piden a gritos una
explicación. Estremecidos, nos vemos obligados a mirar
una y otra vez, a reconsiderar, ponderar, cavilar.
Poco a poco nos damos cuenta de que ninguno
de los elementos en la obra de Charris es accidental. Las
yuxtaposiciones más sorprendentes han sido
cuidadosamente planeadas, con frecuencia preparadas mediante
bocetos producidos por ordenador (que adquirió en 1993),
en los que el artista mezcla con total libertad -hibridiza,
como se dice hoy- imágenes extraídas tanto de la
cultura popular como de la más selecta. Y sin embargo
Charris se da por satisfecho si consigue que nos creamos que
esas imágenes son reales. Juega eufóricamente
con la ambigüedad entre realidad y fantasía.
Provoca y bromea con sus espectadores, que miran y
remiran… No pinta la realidad observada, sino su propia
verdad*, un universo imaginado a través de una
poética personal.
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Doméstico, 1999. Óleo sobre
materiales diversos. 20,5 x 31 x 8 cm.
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Atracciones Franco, 1998. O/l. 130 x 195
cm.
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EL HOMBRE QUE SABÍA DEMASIADO por
Fernando Huici
Abierta a un círculo de cumbres nevadas, vemos una terraza bañada por el sol espectral de la mañana. En ella, un grupo de espectadores, con prendas deportivas de una cierta elegancia añeja, rodea a una joven rubia que carga una escopeta de cartuchos de doble cañón y se dispone a disparar en una competición de tiro al plato. La escena, así descrita, podría en principio corresponder a una composición característica de un lienzo de Ángel Mateo Charris. Mas no es así. |
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LOS HERMANOS McCHARRIS por Charris
La luz azulada del ordenador comenzó
a dibujar la habitación.
El ruido de la gatera anunció la
llegada de Duchamp, que volvía de su habitual gira por
los tejados reclamando su cena.
Me pareció que el estudio estaba
demasiado ordenado. Tanta limpieza denotaba una de esas paradas
biológicas en la actividad de los artistas, previos al
combate contra los materiales y las ideas, previos a las
cacerías de milagros, unas veces saldadas con piezas
insignificantes y otras con rinocerontes blancos.
Los lienzos tensados, los pinceles limpios,
los archivos ordenados: una gran llamada al desorden, un motor
esperando ser arrancado.
Cuando fui a sentarme frente al ordenador,
la habitual imagen de la pantalla había sido sustituida
por una gran nota amarilla, uno de esos post-it
electrónicos que a veces utilizábamos para
recordar citas y tareas.
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Catálogo
196 páginas
Textos: Gail Levin, Juan Manuel Bonet,
Fernando Huici, Charris.
Diseño gráfico: Manuel
Granell
ISBN:84-482-2279-2
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