Hay un Dibujo muleta, apoyo de todas las
artes, de la pintura y la talla hasta el fútbol: la
línea marca, estructura, fluye de izquierda a derecha,
señala un pilar, se traza en el campo del pie de Zidanne
a la bota de Raúl, o iguala una línea de cipreses
que impone orden en el caos. Y hay otro Dibujo que, sin dejar
de ser eso, reclama un papel más vital en la
función, Espartaco del taller de los artistas,
juguetón invitado en la feria de de las musas esquivas,
su espíritu de alambre se anuda en caprichosas
configuraciones, su levedad lo hace ser fuerte: eructos del
alma, miel solidificada, tensión y patinaje en el hielo.
La idea se convierte aquí en una trenza, en un latigazo
en el aire, en una lluvia de lunares y el dibujante avanza en
monociclo cantando una canción aún sin conocer la
letra, doctorándose en cursillos pirotécnicos,
rayando y rayándose, haciendo con sus neuronas un encaje
de bolillos.Tan fácil como lanzar piedras a un mar en
calma, tan complicado como encontrar la salida en un laberinto
de espejos.